FICHA DEL LIBRO
MIS IMPRESIONES
Aunque la primera novela que he leído de Mónica Rouanet fue Despiértame cuando
acabe septiembre, las buenas opiniones
que cosechó su anterior trabajo, Donde las calles no tienen nombre, novela que
espero poder leer en algún momento, fueron las que me animaron con la autora. La publicación de este último libro suyo,
No oigo a los niños jugar y esa sinopsis tan hipnótica hicieron que no pudiera
ni quisiera resistirme ante la propuesta de leerla. Os cuento qué me
ha parecido.
Alma es una adolescente de diecisiete años que está en
estado de shock tras un gravísimo accidente de circulación que ha cambiado por
completo su vida. Su sentimiento de culpa y confusión mental son absolutas. Para
su rehabilitación es internada temporalmente en un centro psiquiátrico de
adolescentes menores de edad; un psiquiátrico de niños bien, donde convivirá
con otros jóvenes de diferentes patologías. El centro, ubicado a las afueras de
Madrid, es un imponente edificio parcialmente remodelado que durante cincuenta
años albergó una residencia para niños sordos. A su llegada y en sus paseos por
el recinto, Alma ha coincidido con otros dos niños más pequeños, de unos doce y
ocho años respectivamente, pero al comentarlo en sus primeras sesiones con el
doctor Castro, su psiquiatra, este le indica que tal cosa es imposible ya que
en aquella institución no existen internos de esa edad. A partir de ese momento
Alma decide ser cauta, reservarse para sí esos pequeños encuentros que parecer
ser fruto de su imaginación e investigar por su cuenta qué le está ocurriendo.
Mónica Rouanet nos sumerge a través de las páginas de esta
historia en un thriller psicológico, que nos mueve a través de dos dimensiones,
supliendo el ritmo vertiginoso esperado en una novela de este género con una
gran tensión narrativa, una prosa muy fluida, abundancia de diálogos y grandes
dosis de misterio en relación al edificio en el que transcurre la trama: esa
mole de piedra tras la cual permanecen sepultados infinidad de secretos.
Aunque podríamos decir que Alma es el personaje que da
cohesión a toda la historia, la novela se desdobla en dos líneas argumentales, totalmente
equilibradas en cuanto a su peso en la historia principal. Con la primera, lograremos
conocer cómo transcurre el día a día en el centro en el momento presente, mientras
Alma recibe su tratamiento; con la otra, cómo lo era en el pasado y por qué se
llegó a clausurar aquella residencia de niños sordos. Alma será una de las
voces narrativas que se alternará a través de los capítulos con el de un niño “especial”
que, dirigiéndose a otro, nos irá contando su particular versión de los hechos,
su realidad paralela, y nos llevará a reconstruir la historia del pasado.
La novela nos adentra en los recovecos de la mente enferma y
recrear a la perfección el ambiente en un centro de adolescentes, donde pese a
las patologías de cada cual, esos chicos no son tan diferentes a otros de su
edad: unos luchan por el liderazgo, otros por la aceptación en el grupo y otros
tantos contra sus propios demonios. A través de sus personajes sabremos del dolor,
la soledad, el miedo y la decepción que supone para niños y adolescentes, afectados
por una enfermedad mental o discapacidad, en el caso de los niños sordos, saberse
repudiados u olvidados por los suyos.
No oigo a los niños llorar es un thriller original y emotivo,
que combina con acierto una historia de misterio con tintes sobrenaturales, una historia muy bien llevada con un cierre excepcional, donde
la autora, conocedora del escenario que describe, hace una clara denuncia
social contra la exclusión y el olvido de los que son diferentes.

